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La sombra de las cruces son muy alargadas

Desde que conociera la noticia de esta sentencia, he tenido tiempo de leer muchas tonterías. Como por ejemplo las que venían de Italia donde todos, gobierno y oposición, se colaban bajo el palio protector del Vaticano y anunciaban a bombo y platillo su sonora desobediencia, asintiendo con manifiesto servilismo a las palabras de la curia.

Otra de las tonterías venía de la mano del nuevo arzobispo de Sevilla, el cual decía, así, sin tapujos, que una minoría de padres (la que se supone que no quiere un crucifijo en los colegios públicos) debía fastidiarse y aceptar lo que la mayoría desea(?????), es decir, que la educación pública en España siga manteniendo su inconstitucional crucifijo en sus áulas.

Pues la verdad, ni creo que seamos tan pocos los que deseamos la desaparición de la cruz del ámbito público, ni estimo que los crucifijos en España deban permanecer un segundo más en los edificios públicos. Ni nuestros ministros y ministras deben jurar o prometer su cargo ante una cruz ni el Jefe del Estado debe besar la mano de un cura, por muy cardenal que sea.

Y ahora, el Tribunal de Estrasburgo nos permite acabar con esa barbaridad y a nadie le debe temblar el pulso hacerlo.

Primero. Porque es una ofensa para quien no practique esa religión ver los edificios del Estado presididos por ese símbolo.

Segundo. Porque la Constitucion Española define a España como un estado aconfesional, que si bien no es lo mismo que ser laico, sí impone un comportamiento alejado de cualquier preferencia hacia confesión religiosa alguna.

Tercero. Porque si bien el propio texto constitucional habla de la especial relación que tiene España con su pasado católico, no es menos cierto que el Estado también tiene firmados acuerdos de acción preferente con la comunidad hebrea y musulmana, en virtud también de ese pasado común con esas culturas, y no veo ni la Estrella de David ni la Media Luna en las sedes de organismos públicos.

Cuarto. Porque el hecho religioso debe pertencer al ámbito privado de cada persona, sin perjuicio de que quiera, en el marco de su libertad personal, hacer pública ostentación de los símbolos que representen a su credo, eso sí, como persona individual y sin interferir en lo público.

Quinto. Porque el Estado ni puede ni debe interferir en el ámbito religioso de las personas salvo para ordenar comportamientos contrarios al ordenamiento jurídico.

Sin embargo, en España la sombra de la cruz es demasiado alargada, tanto como la falta de cultura democrática en los sectores más conservadores que siguen reaccionando a la orden de quien ve amenazado su cortijo tras siglos de dominación y adoctrinamiento.

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carta abierta a Rouco Varela. Mi vida es mía y no de su Dios.

Estimado señor Rouco (y disculpe lo de “estimado” porque en ningún caso lo es). Dos puntos.

A los jerarcas de su Iglesia siempre le han gustado las frases rimbombantes, citas de tronío bíblico que han servido a lo largo de la historia para asustar al personal, nada ilustrado y, en consecuencia medroso y manipulable. Sin embargo, siempre esas frases con eco basilical han tenido muy poco de contenido real. Incluso en ocasiones sólo han servido para esconder grandes mentiras.

Hoy, leo en El Mundo la última. Debo lamentar que no sea de su cosecha. El señor Blanco, don Benigno, un un hombre tan pío como rico, o al contrario, y líder de las familias de orden, las de verdad, las de toda la vida, ya lo dijo. Permítame que le recuerde lo mismo que hace Nacho Escolar en su blog, y defina a don Benigno -qué acierto de nombre- como cómplice del holocausto, pues durante algunos años fue Gobierno, Gobierno que no hizo nada por acabar con ese asesinato que es, a su juicio y el de otros muchos, el aborto.

Sin embargo, padre, -qué lejos está encajar en esa bellísima palabra-, me gustaría que usted no usara paralelismos entre holocaustos y abortos, pues, por desgracia, de ambas cosas, la Iglesia sabe y mucho. A un hombre de su inteligencia no hará falta recordarle la tibia actuación eclesiástica que tuvo el Vaticano mientras Hitler pretendía acabar con los judíos europeos. Incluso tampoco hará falta recordar lo presto que estuvo el Vaticano en facilitar salidas a los nazis que huían. Ni mucho menos, Eminencia, tendré que recordarle que de holocaustos su Iglesia podría escribir tratados (quema de brujas, herejes, protestantes, libros…). Pero también sabe mucho de abortos, ¿verdad? Cuántos escándalos yacen enterrados para siempre en las huertas de los conventos…

Señor Rouco, mi vida es mía. Y si, en cualquier caso, fuese de algún Dios, que no creo y a la que me negaría, estoy completamente convencido de que no sería del suyo, que no es otro que el Dios que socava, que restringe, que coarta y que justifica por siempre privilegios y divide a los ciudadanos por clases. Grite desde su púlpito lo que quiera contra el aborto e intente convencer a las socias de su club que practicarlo es pecado. Pero no imponga su Dios a nadie fuera de unos templos, cada vez más desiertos y donde el eco parece dejarles sordos.

La vida es vida, páter, si se vive con dignidad. La vida sin dignidad es el infierno con el que ustedes amenazan a diario y que se vive en la tierra, lo que pasa es que le pilla demasiado lejos de la Almudena.

Le deseo un feliz descanso y le ruego que nos permita descansar a los demás.

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